Guerra cognitiva: La mente como campo de batalla

Se conoce como guerra cognitiva el conjunto de acciones militares planificadas para afectar actitudes y conductas mediante la perturbación de la cognición a nivel individual, grupal o poblacional.
La guerra cognitiva busca cambiar lo que la gente piensa y su forma de actuar. Los ataques contra el dominio cognitivo implican la integración de capacidades cibernéticas, psicológicas, la ingeniería social y la desinformación. Su objetivo es sembrar disonancia, instigar narrativas conflictivas, polarizar opiniones y radicalizar grupos.
Los intentos adversarios de manipular el comportamiento humano presentarán un desafío duradero para la defensa y la seguridad. Esta amenaza emergente de la guerra moderna va más allá de controlar el flujo de información. Por todo ello la OTAN ha lanzado esta iniciativa, que pretende encontrar soluciones innovadoras para proteger el dominio cognitivo contra ataques mediante nuevas tecnologías. Las propuestas presentadas deberán estar enfocadas a la identificación, evaluación y protección contra ataques en el dominio cognitivo.
Las estrategias de defensa del siglo XXI han dejado el concepto de guerra y paz un poco de lado para hablar del concepto de competencia continua. Una idea de que la guerra ha quedado relegada, pero su naturaleza, dominar la voluntad del oponente, se mantiene vigente. En los tiempos que corren donde las estrategias híbridas, de zona gris, el crimen transnacional, la lawfare, las “operaciones militares especiales” u otras formas de control de la voluntad del oponente, permiten a los adversarios operar por debajo del nivel de guerra con efectos similares a ésta, en algunos casos los niveles de violencia y las víctimas superan los valores de un conflicto armado. La competencia continua se vislumbra como la posibilidad del empleo de las fuerzas del estado para contrarrestar estas estrategias.
La guerra cognitiva se define también como un conjunto de actividades destinadas a influir, modificar o controlar percepciones, emociones, actitudes, comportamientos y procesos de toma de decisiones con el objetivo de alterar las capacidades cognitivas de individuos y grupos para alcanzar una posición de ventaja estratégica sobre los adversarios sin necesidad de recurrir al uso directo de la fuerza. Se fundamenta en el uso de las ciencias neurocognitivas y otros avances científicos y tecnológicos, como la nanotecnología, la biotecnología o la robótica, para manipular y perturbar la cognición humana, un componente fundamental en el actual entorno de seguridad internacional. Este artículo presenta la guerra cognitiva como una opción estratégica al servicio de los intereses de poder y seguridad de diferentes competidores globales en un escenario internacional definido por la transformación y la creciente rivalidad geopolítica.
Metodología de la guerra cognitiva

Mientras que la OTAN la define como:
Las actividades realizadas en sincronía con otros Instrumentos de Poder para influir en actitudes y comportamientos, influyendo, protegiendo o alterando la cognición individual, grupal o poblacional, con el fin de obtener una ventaja sobre un adversario, diseñada para modificar la percepción de la realidad, la manipulación de toda la sociedad se ha convertido en la norma, buscando la explotación de vulnerabilidades y el debilitamiento sistémico (OTAN, 2025). Va más allá cuando habla de la necesidad de fortalecer la defensa de la mente, en razón de que la guerra ha cambiado drásticamente con tecnologías avanzadas como la ingeniería cibernética, de la información, psicológica y social, ello implica que cada vez más personas son incapaces de distinguir entre información. (OTAN, 2023)

En función de ello, para el presente artículo se definirá guerra cognitiva como una forma de competencia continua, centrada en influir en la mente y percepción del adversario, la opinión pública de este y la propia a través de la información y la manipulación socio y psicológica, utilizando tanto medios tecnológicos como no tecnológicos, con el objetivo de lograr los objetivos estratégicos, donde la acción cinética podría resultar complementaria. Si bien pareciera que la guerra cognitiva es un aspecto propio de los tiempos modernos, en realidad su concepción más acabada es rastreable en las estrategias de control social propuestas por Antonio Gramsci, quien argumentaba que para lograr un cambio revolucionario era esencial ganar la hegemonía cultural, lo que implicaba influir en instituciones como la educación, la religión y los medios de comunicación, en la construcción de una nueva conciencia colectiva que pudiera conducir a una transformación social.
Guerra cognitiva y control de la información
A lo largo de la historia, los grandes estrategas han comprendido una verdad fundamental: la guerra no se libra solo en el campo de batalla, sino en la mente. Sun Tzu lo anticipó hace más de 2,000 años: «La suprema excelencia consiste en romper la resistencia del enemigo sin luchar». Hoy, esta filosofía ha alcanzado su máximo esplendor con el desarrollo de las Operaciones Psicológicas (PSYOPS) y la Guerra Cognitiva, herramientas diseñadas para manipular la percepción, desmoralizar al adversario y controlar la narrativa global.
«El poder genera la realidad. Y mientras tú estudias esa realidad… nosotros creamos otra». Esta idea sintetiza la esencia de la guerra cognitiva: quienes controlan la narrativa, controlan la realidad misma. Expansión de ‘smartphones’ y uso de algoritmos predictivos:
La expansión del uso de ‘smartphones’, que ahora llegan incluso a manos de niños y niñas de corta edad, ha abierto una nueva frontera en el control de la información y la manipulación social. Mediante el uso de «algoritmos predictivos», las grandes corporaciones tecnológicas y las oligarquías globales pueden recolectar y analizar grandes cantidades de datos personales desde una edad temprana. Esto permite que se definan las inclinaciones, tendencias y comportamientos de los usuarios, ofreciendo una visión precisa del futuro inmediato, que puede ser manipulado y controlado de acuerdo con los intereses de las transnacionales. El acceso a datos tan sensibles como las preferencias de consumo, los patrones de interacción social y el comportamiento online desde edades muy tempranas proporciona a las oligarquías las herramientas necesarias para moldear las percepciones y las decisiones de las generaciones futuras.
En este contexto, los algoritmos no solo predicen lo que una persona hará, sino que influyen activamente en cómo verá el mundo y tomará decisiones. Este monitoreo continuo y la manipulación sutil de los comportamientos a través de las tecnologías de vigilancia digital convierte a los ‘smartphones’ en una de las herramientas más poderosas para asegurar que las élites puedan mantener su control sobre el orden social y económico en las próximas generaciones.

