El giro de Dmitri Medvédev: de reformista moderado a halcón que amenaza con la guerra nuclear
El expresidente ruso abrazó la apertura a Occidente y trató de democratizar su país, pero ahora lucha por mantener la relevancia en el Kremlin con un discurso extremista
MADRID, A 23 DE MARZO 2023 SERGIO FARRAS, ADMINISTRADOR PRINCIPAL

Joe Biden es un “abuelo raro con demencia”. Los líderes de la Unión Europea son unos “lunáticos”. Rusia se asegurará de que Ucrania “desaparezca del mapa” en un futuro próximo. Bienvenidos a otra semana más vista a través de los ojos de Dmitri Medvédev, expresidente, ex primer ministro ruso y actual vicepresidente del Consejo de Seguridad del país.
En los últimos años, la trayectoria política de Medvédev ha dado mucho de qué hablar. En 2008, cuando llegó a la presidencia de Rusia, prometió modernización y liberalización, y habló con frecuencia de su amor por los blogs y los dispositivos electrónicos. De hecho, visitó Silicon Valley y recibió el nuevo iPhone 4 de manos de Steve Jobs, el fundador de Apple.
Ahora, Medvédev participa con entusiasmo en el despliegue machista y la retórica genocida que se han convertido en la principal moneda de cambio del discurso político en el Moscú de la guerra.
“A menudo me preguntan por qué mis mensajes en Telegram son tan duros”, escribió Medvédev recientemente. “Bueno, voy a responder: los odio. Son unos bastardos y unos degenerados. Quieren que nosotros, Rusia, muramos. Y mientras esté vivo, haré todo lo posible para que desaparezcan”. No especificó si el “ellos” en cuestión se refería a los ucranianos, a los políticos occidentales o a ambos.
Protegerse del olvido, la personalidad de Medvédev
La transformación física de Medvédev es tan extraordinaria como su giro ideológico: hace una década tenía un aspecto aniñado, de empollón, y llevaba el traje con casi encantadora incomodidad cuando lideraba los asuntos de Estado. Ahora parece hastiado y tiene la cara hinchada, con los ojos vidriosos cuando lanza diatribas contra Occidente.

La personalidad renovada de Medvédev podría ser un intento de conservar su influencia política en un ambiente que se ha ensombrecido significativamente durante la década transcurrida desde que dejó la presidencia.
“Está tratando de protegerse del olvido político siendo más Herodes que el propio Herodes, y, en consecuencia, presentándose como un aspirante de un reality en el Kremlin”, dice Ekaterina Schulmann, politóloga rusa de la Academia Robert Bosch de Berlín.
Maria Pevchikh, colaboradora del político opositor ruso encarcelado Alexéi Navalni, interpreta el cambio de Medvédev en términos más personales. “Cuando uno se siente una persona inútil y patética, como Dmitri Medvédev, intenta reinventarse de vez en cuando. Podría haberse afeitado la cabeza, o haber ido al gimnasio… pero en vez de eso decidió reinventarse como un halcón”, dijo en un debate por vídeo dedicado a la extraña conducta de Medvédev en mayo.
Si bien la reencarnación de Medvédev ha sido objeto de críticas, también simboliza las expectativas frustradas de hace una década, cuando algunos creían que el sistema construido bajo el mando de Vladímir Putin podría ser capaz de llevar a cabo algún tipo de liberalización.
Distinto de Putin
En 2008, Putin se apartó de la presidencia, porque la Constitución en ese momento sólo permitía dos mandatos de cuatro años. Salió del Kremlin para convertirse en primer ministro, y eligió personalmente a Medvedev, con quien había trabajado desde 2000, como su sucesor en la presidencia.

“Alguien con ideas propias probablemente se habría deshecho de Putin rápidamente, y Putin no quería correr ese riesgo. Medvédev encajaba en el perfil de persona dependiente. Intentó encajar en el consenso, al igual que intenta hacerlo ahora”, dice Gleb Pavlovsky, que durante más de una década fue asesor del Kremlin.
Pero aunque Medvédev era claramente un subordinado de Putin, su figura era muy diferente a la del exmiembro del KGB. Habló de su amor por la música rock y se mostró entusiasmado con las posibilidades que brindaba Internet, y era un usuario activo en Twitter y en los blogs. Putin, por el contrario, no sabía usar Internet. Medvédev también lamentó la falta de independencia judicial en Rusia e hizo varias declaraciones genéricas que daban a entender que apoyaba una verdadera reforma.
“Era evidente que le gustaba mucho la parte liberal del país y no era solo una estrategia política; realmente quería ser el presidente de un país normal y civilizado”, dice Natalia Sindeyeva, fundadora de TV Rain, el principal canal de televisión independiente de Rusia, que comenzó a emitir durante la presidencia de Medvédev y recibió el apoyo del presidente cuando visitó el estudio en 2011.
Entre los reformistas rusos no había consenso sobre si Medvédev tenía posibilidades de convertirse en un verdadero político con agenda propia. “Puede que no acabe siendo mejor que Putin. Pero si no hacemos nada, acabaremos con Putin de todos modos”, dijo entonces la veterana activista de derechos humanos Lyudmila Alexeyeva.
Con el tiempo, Medvédev también se ganó el apoyo de una parte de la élite del Kremlin, que esperaba poder garantizarle un segundo mandato presidencial en el que reduciría lentamente la influencia de los antiguos agentes del KGB de línea dura en el Gobierno.
“No estaba a la altura”
Medvédev se obsesionó con la posibilidad de un segundo mandato, según dicen quienes lo conocieron entonces. En ocasiones, incluso se enfrentó a Putin en público, especialmente cuando Medvédev autorizó la abstención de Rusia en una votación de la ONU sobre la intervención en Libia.

Coqueteó con la posibilidad de crear un nuevo partido político, y muchas personas del entorno de Medvédev, entre ellas Vladislav Surkov, uno de los asesores más importantes del Kremlin, le instaron a buscar un segundo mandato.
“Por supuesto, había una gran esperanza y una sensación de deshielo político, y la idea de que si se presentaba a un segundo mandato nos abriríamos más al mundo”, dice Sindeeva.
Sin embargo, cuando Putin invitó a Medvédev a un viaje para pescar en el verano de 2011 y le comunicó a su protegido que volvería a la presidencia, Medvédev lo aceptó sin rechistar.
“A la hora de la verdad, Medvédev simplemente no era capaz de asumir el riesgo. No estaba a la altura”, dice Pavlovsky. Como parte del acuerdo, Medvédev pidió seguir siendo primer ministro, y parecía tener la verdadera esperanza de volver a ser presidente al cabo de cuatro años.
Como un cáliz envenenado
Pero Putin tenía otras ideas: marginó a muchos de los colaboradores de Medvédev y dio al nuevo primer ministro el cáliz envenenado de dirigir el partido pro-Kremlin Rusia Unida, actuando esencialmente como un pararrayos para las críticas mientras Putin jugaba a ser el “zar bueno”, al margen de las disputas políticas del día a día.
“La paradoja fue que exactamente después de que Medvédev hiciera lo que Putin quería, este dejó de confiar en él, y eso convirtió la vida de Medvédev en una pesadilla”, dice Pavlovsky.

En las siguientes apariciones públicas de Medvédev, ya parecía un hombre roto. Con frecuencia fue captado por las cámaras durmiendo la siesta en actos oficiales, incluso en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi en 2014. Un documental de investigación de Navalni relacionó una red de palacios y viñedos con Medvédev. Él negó las acusaciones, pero a continuación se produjo una oleada de protestas callejeras de quienes consideraban que Medvédev había resultado ser tan sobornable como otros miembros de la élite rusa.
A medida que pasaba el tiempo, en los círculos políticos de Moscú corrían rumores sobre el creciente consumo de alcohol de Medvédev. En 2020, Putin le pidió que dimitiera como primer ministro, pero le dio un puesto simbólico como vicepresidente del Consejo de Seguridad.
“Ahora mismo tiene muchas cosas en la cabeza, por supuesto, pero creo que una gran parte de su comportamiento actual es un sentimiento de ira personal y resentimiento hacia los liberales rusos, que al final no lo aceptaron”, dice una fuente que conoce a Medvédev.
Una transición fallida
En la década posterior a la salida de Medvédev de la presidencia, las esperanzas de cualquier tipo de reforma auténtica en Rusia se desvanecieron. En 2014, Putin optó por la anexión de Crimea y, desde entonces, el sistema no ha hecho más que volverse más autoritario.
TV Rain, el canal de televisión promovido por Medvédev, dejó de emitir en 2014. En 2021, la televisión fue tildada de “agente extranjero” y su emisión por Internet fue prohibida poco después de la invasión rusa de Ucrania. Recientemente ha vuelto a emitir desde fuera de Rusia.

Twitter, antaño tan querido por Medvédev, fue prohibido en Rusia a principios de este año. Y ahora, en lugar de hablar de copiar ideas económicas innovadoras de Estados Unidos, Medvédev habla de guerra nuclear.
Según Pavlovsky, el creciente autoritarismo del régimen de Putin, e incluso la invasión de Ucrania, puede remontarse a los intentos fallidos de gestionar una transición: “Medvédev perdió cuando no fue capaz de mantener la presidencia, y creo que Putin también perdió cuando comprendió que no había forma de hacer funcionar una transición de poder. El sistema no tenía mecanismos para hacerlo… y ahora nos encontramos donde estamos en parte por este fracaso”.
Los ‘silovik’, los amigos íntimos de Putin que pilotan la guerra desde el Kremlin
El presidente ruso trabaja con un núcleo duro de viejas amistades de tiempos de la URSS: altos funcionarios, políticos y empresarios públicos con una lealtad total hacia su líder

Un cuadernillo de pocas páginas a todo color, ajado por el uso, le fue incautado a un militar ruso caído en combate en Ucrania el domingo pasado. El Ministerio ucraniano de Defensa difundió imágenes de ese ejemplar del ‘Código de honor del oficial ruso moderno’. En él, además de consignas propagandísticas, figuran fotos y citas de la cúpula militar. Son oficiales del más alto nivel, esos que se sientan a diario en la (larguísima) mesa de Vladímir Putin. ¿En quién confía el presidente ruso?
Allí los conocen bien: son destacados miembros de los silovik, un término que viene a significar ‘hombres fuertes’, y que se usa cotidianamente para referirse a toda una generación que, al igual que Putin, empezó a medrar en las postrimerías en los servicios de seguridad de la URSS (principalmente el KGB y el GRU, el servicio de espionaje).

Políticos, altos funcionarios y oligarcas del sector público –no es raro, por otra parte, que una sola persona acumule estas tres características simultáneamente– constituyen una auténtica gerontocracia que lleva décadas en el poder. Leales y obedientes, forman el círculo íntimo del presidente. Junto a él pilotan la invasión de Ucrania.
Serguéi Shoigú, ministro de Defensa
Su nombre y retrato, un tanto obsoleto, figura en ese ‘Código de honor del oficial ruso moderno’. A sus 66 años, Shoigú es, junto con Putin, el único dirigente ruso que ha conseguido mantenerse en el primer nivel del poder desde la caída de la URSS. Periódicamente su nombre suena como posible sucesor de Putin.
“Es interesante que sea Shoigú quien aparezca en las sesiones fotográficas de alto nivel al acompañar a Putin en sus vacaciones de verano en Siberia en el pasado reciente”, señala por correo electrónico a elDiario.es John P. Willerton, profesor asociado del departamento de Estudios Rusos y Eslavos de la Universidad de Arizona, en Estados Unidos.
Aunque Shoigú no tiene auténtica formación militar –procede de la gestión de emergencias y desastres naturales– su papel en la anexión de Crimea y en el apoyo al régimen de Bashar al-Ásad en Siria ha sido clave. Shoigú no es eslavo, sino tuvano. Procede de una remota región de la Federación Rusa que limita con Mongolia.
Valeri Guerásimov, Mayor Jefe del Estado
El pasado 27 de febrero los medios distribuyeron una fotografía de Putin sentado en la cabecera de una larguísima mesa. En el otro extremo, junto a Shoigú, se sentaba el general Valeri Guerásimov, héroe ruso en la Guerra de Chechenia de 1999, de la Guerra de Crimea de 2014 y de la lucha contra el Estado Islámico. Esos tres hombres, Putin, Shoigú y Gherásimov, son los únicos que poseen los códigos de lanzamiento de los misiles nucleares.
Descrito como “un militar hasta la raíz del pelo”, nació en Kazán, en la tierra de los tártaros, en 1955. Aporta la experiencia de militar profesional de la que Shoigú carece. El retrato de Guerásimov también aparece en el ‘Código de honor’ que portan en el frente los oficiales rusos.
¡Putin, Shoigú y Gherásimov son los únicos que poseen los códigos de lanzamiento de los misiles nucleares!
En tiempos de la llamada guerra híbrida (la que no solo contempla medidas militares, sino también cibernéticas, económicas, bulos, lawfare, etc.) se le dio el nombre de ‘Doctrina Guerásimov’ a la estrategia seguida por Rusia en este nuevo contexto. En realidad, Guerásimov no apadrinó dicha estrategia ni esa doctrina existe como tal, pero el concepto ha arraigado en algunos círculos académicos.

Serguei Lavrov, ministro de Exteriores
Lavrov, evidentemente: moscovita de 71 años, el suyo es quizá el único nombre conocido en Occidente, además del de Putin. Ya era diplomático en tiempos de la Unión Soviética y desde hace 18 años es el rostro de la Política Exterior rusa. Rostro, y poco más, porque según los analistas no es de los que toman las decisiones. De su predecesor soviético Andréi Gromiko ha heredado el apodo de ‘Mr Nyet’ (‘Señor No’, en ruso) por su cerrazón en las mesas negociadoras.

Es capaz de humillar a sus interlocutores y de defender casi al mismo tiempo una postura y la contraria. El 15 de febrero dijo que Occidente estaba “histérico’”y calificó de “terrorismo informativo” afirmar que Rusia iba a invadir Ucrania. El 24 de febrero Rusia invadió Ucrania.

Boris Gryzlov, embajador en Bielorrusia
Viejo amigo de Putin, a quien conoció en San Petersburgo, Gryzlov (Vladivostok, 1950) es uno de los negociadores rusos que se sientan frente a la delegación ucraniana en las conversaciones de paz.

Fue ministro del Interior hasta 2003 y ha ocupado diversos cargos de relevancia (también fue presidente de la Duma). “Ha trabajado con Putin durante décadas y, aunque no lo sitúo al mismo nivel que a Shoigú o Lavrov, supongo que puede opinar”, señala John P. Willerton.
Nikolái Pátrushev, jefe del Consejo de Seguridad de Rusia
Su carrera como ‘silovik’ corre en paralelo a la de Putin. Como él, nació en San Petesburgo y tiene 70 años (solo uno más que el presidente). Como Putin, trabajó primero para el KGB y luego para la FSB, el Servicio Federal de Seguridad, que dirigió entre 1999 y 2008.

“Es el más halcón de los halcones y piensa que Occidente tiene enfilada a Rusia desde hace años”, declaró a la BBC Ben Noble, profesor asociado de política rusa en el University College de Londres.
Alexánder Bortníkov, director del FSB
Tomó en 2008 el relevo de Pátrushev al frente de los servicios secretos rusos y ahí sigue. Otro de los halcones del Kremlin proveniente del KGB, es general del Ejército. Nació hace 70 años en la ciudad de Perm, en los Urales.

Estuvo en el punto de mira de las sanciones de la UE en 2020 por el envenenamiento del líder opositor Alexéi Navalni. En 2007, antes de llegar a la cúpula del FSB, su nombre fue citado por algunos medios como el coordinador en la sombra de la operación para asesinar al exagente del FSB Alexánder Litvinenko, quien había descubierto vínculos entre el FSB y la mafia rusa. Litvinenko murió envenenado en 2006.
Serguéi Naryshkin, jefe del Servicio de Inteligencia Exterior
El pasado 23 de febrero será difícil de olvidar para Naryshkin (San Petesburgo, 1954). Su amigo Putin lo puso en ridículo durante una reunión del Consejo de Seguridad Nacional. Naryshkin balbuceó sin saber qué responder a una pregunta de Putin sobre la independencia de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk. “Hable claro”, le ordenó Putin.

Se conocieron hace más de 40 años en los pasillos del KBG, en tiempos de Leónidas Brézhnev. Un salto conjunto en paracaídas, suele contar Naryshkin, selló su amistad. Además de estar al frente de los espías, ocupa un puesto en la Sociedad Histórica de Rusia y, según declaraciones a la BBC del experto en seguridad rusa Andrei Soldatov, proporciona periódicamente argumentos históricos a Putin para justificar sus acciones militares. En enero pasado no dudó en comparar al Gobierno de Ucrania con los nazis, marcando la línea argumental por la que camina todo el Kremlin.
